El Mundial de fútbol significa más que un encuentro deportivo taquillero; puede observarse también como un reflejo de los procesos sociales y de los valores predominantes de la época, ya sea porque los enarbole la sociedad anfitriona o sean los valores compartidos con la comunidad global. A través de la música, la iconografía y el discurso político, los países organizadores intentan proyectar una imagen coherente hacia el exterior. Mientras la Argentina de 1978 proyectaba una estática de valores de conservación, similar a la tendencia nacionalista de Inglaterra 74, compartiendo también paralelismos políticos con México 70; la España de 1982, por su parte, viene a marcar una dinámica de cambio, la cual continuaría en las ediciones posteriores.
El modelo bajo el que analizamos las canciones de los mundiales y su contexto es la Teoría de los Valores Humanos Básicos de Shalom Schwartz (Schwartz, 2012). El sistema se organiza principalmente en dos dimensiones bipolares o ejes. La primera dimensión contrasta la Conservación (Seguridad, Conformidad y Tradición) con la Apertura al Cambio (Autodirección y Estimulación). Los valores de Conservación enfatizan el orden, la auto restricción y la preservación del pasado, mientras que la Apertura al Cambio valora la independencia de pensamiento y la disposición a nuevas experiencias.
La segunda dimensión enfrenta la Autopromoción (Poder y Logro) frente a la Autotrascendencia (Universalismo y Benevolencia). Bajo esta óptica, Argentina 78 se ancló en el polo de Conservación y Poder, buscando la validación del statu quo a través del control; mientras que España 82 representó un tránsito decidido hacia la Apertura al Cambio y el Universalismo, priorizando la integración y el bienestar colectivo.
En 1978, Argentina se encontraba bajo una dictadura militar que utilizó el Mundial para crear un relato de unidad y paz social, ocultando la represión interna. Esta estrategia priorizó la Seguridad Nacional y la Conformidad de un ciudadano «derecho y humano», alineada con la dimensión de Conservación. El discurso oficial buscaba validar la legitimidad del régimen frente a lo que denominaban una «campaña antiargentina» en el exterior, montando una operación mediática para deslegitimar las denuncias de secuestros y desapariciones (Carrillo, 2016.).
La expresión musical de este torneo es reveladora. La versión oficial fue una pieza instrumental compuesta por Ennio Morricone. Al ser una obra sin letra, se evitaba cualquier mensaje explícito que pudiera generar fricción, resultando en una vacuidad similar a las canciones oficiales de México 70 o Alemania 74. No obstante, su carácter marcial y orquestal podría asociarse con la solemnidad del control estatal.
Paralelamente, circuló la «Marcha del Mundial 78” (conocida como «25 millones de argentinos») que sí incluía letra y funcionaba como un himno de cohesión nacionalista. En sus estrofas se apelaba al «temple y dignidad», a «luchar y triunfar», y a mostrar al mundo una imagen de «hospitalidad» y «fraternidad» bajo la bandera «azul y blanca celestial». Estos elementos refuerzan el valor de Tradición, definido como el respeto y compromiso con las costumbres de la cultura propia, pero utilizado aquí para forjar un «nosotros» defensivo frente a la crítica externa.
El discurso político de apertura, pronunciado por el dictador Videla, fue el epítome de los valores de Seguridad y Conformidad. El presidente de facto habló del certamen como un ámbito de «confrontación en el campo de juego y amistad en el campo de las relaciones humanas», invocando a Dios para fortalecer una «paz» en la que el hombre pudiera realizarse «con dignidad y en libertad». Sin embargo, esta «paz» era la narrativa de una omisión dolorosa, una paz impuesta por el control total mientras a pocos metros del estadio funcionaban centros clandestinos de detención como la ESMA (Museo ESMA, 2018). La publicidad oficial y los slogans como «Mostremos al mundo cómo somos los argentinos» reflejaban el valor de Poder a través de la búsqueda de estatus social y control de la imagen pública.
Cuatro años después, España presentó un escenario radicalmente distinto. El país transitaba hacia la Apertura al Cambio, impulsado por la consolidación de la democracia y la Constitución de 1978, la cual propugnaba valores como la libertad, la justicia y, crucialmente, el pluralismo político. La Constitución española reflejó decididamente el valor de Universalismo: que en la letra implicaba cooperar con todos los pueblos de la Tierra y proteger las diversas culturas y lenguas de España.
La música de 1982, interpretada por Plácido Domingo, también reflejó dicha transición. A diferencia de la marcha instrumental de 1978, la canción «El Mundial» celebraba activamente la fiesta, la alegría y la integración, alineándose con el valor de Universalismo. Esta efervescencia musical conectaba con el contexto social de la «Movida Madrileña», un periodo de creatividad desbordante y libertad de pensamiento, núcleo del valor de Autodirección, el cual es adyacente y por tanto congruente con el Universalismo.
La iconografía de «Naranjito» fue fundamental para romper con la solemnidad del pasado. Al elegir una naranja en lugar de símbolos tradicionales como el toro o el flamenco, los creadores buscaron evitar los tópicos y proyectar una imagen de amabilidad, vitalidad y modernidad (Piedrafita, 2018). Naranjito no tenía forma humana ni animal guerrera. Esta elección simbolizaba la ruptura con los valores de Tradición rígida, moviéndose hacia la Autodirección y la originalidad.
Al contrastar ambos mundiales bajo la teoría de Schwartz, la tensión entre Poder y Universalismo se hace evidente. Argentina 78 fue una gestión del Poder; el régimen buscaba la validación de su estatus internacional y el dominio sobre la narrativa interna a través del orden y la seguridad. En cambio, España 82 se orientó hacia el Universalismo, buscando la aceptación mutua y el bienestar colectivo en un marco democrático donde se garantizaba la libertad de expresión y reunión. Desde una perspectiva más amplia, la marcada contraposición de valores reflejados durante ambos mundiales representa no una diferencia entre naciones sino un cambio social que se continuaría viviendo en las décadas venideras en todo el orbe.
Sobre el Autor: José Guillermo Torres lidera la estrategia de investigación y análisis en AvantQuest como Socio Director. Es Politólogo por el ITAM y Maestro en Investigación en Psicología Social por la Universidad de Helsinki. Cuenta con una amplia trayectoria centrada en el análisis de Opinión Pública y Comportamiento Social.
Referencias
Museo
ESMA (2018, 4 de septiembre). Reflexiones en torno al Mundial 78. Se
realizó un Conversatorio entre los periodistas Juan José Panno y Ezequiel
Fernández Moores en el Museo Sitio de Memoria ESMA – ex CCDTyE.
https://www.argentina.gob.ar/
Carrillo,
G. (2016). “La fiesta de todos”: la narrativa oficial de una fiesta colectiva. Revista
Estudios del ISHiR, 16, 181-202.
Constitución
Española. (1978, 29 de diciembre). Boletín Oficial del Estado, (311).
Piedrafita,
A. (2018, 26 de mayo). Historia de las mascotas de los Mundiales: El dulce
«Naranjito» (1982). Mundiario.
https://www.mundiario.com/articulo/deportes/historia-mascotas-mundiales-dulce-naranjito-1982/20180526171437123063.html
Schwartz, S. H. (2012). An Overview of the Schwartz
Theory of Basic Values. Online Readings in Psychology and Culture, 2(1).
Letras de las canciones disponibles en www.letras.mus.br
